Y me despierto por las mañanas, tratando de quitarme las manazas de mi despertador de encima, cerrando los ojos, escuchando su voz como debajo del agua, tratando de decirle algo pero mi boca no se abre, intentando verla, por última vez, hasta que desaparece por completo. Ya no estoy ahí. Y debo resignarme, levantarme, ducharme, vestirme, comerme un plátano y salir corriendo. Y no estoy hundiéndome. Juro que intento nadar, pero me canso y a veces es mucho más simple dejarme llevar por la corriente, suave y dolorosa, de lo poco que tengo dentro, y lo mucho que nunca pude hacer.
Si tengo suerte el último asiento al lado de la ventana estará vacío.
Pero yo no tengo suerte, yo estoy por siempre maldito.
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