-Una vez, cuando estaba en el instituto, una psicóloga me dijo que fuera a su despacho. Se lo decía a todas las chicas, una cada vez. “¿Qué clase de sueños tienes?”, me preguntó la mujer. “¿Qué piensas hacer dentro de diez años? ¿Y de veinte?” Yo tenía dieciséis o diecisiete años. No era más que una niña. No sabía qué contestar. Me quedé allí sentada como un pasmarote. La psicóloga tendría más o menos la edad que yo tengo ahora. Me parecía vieja. Es vieja, dije para mí. Sabía que ya había pasado la mitad de su vida. Y tuve la impresión de saber algo que ella no sabía. Algo que ella nunca llegaría a descubrir. Un secreto. Algo que nadie debía saber ni decir. Así que me quedé callada. Sólo moví la cabeza. Debió de catalogarme como idiota. Pero no dije nada. ¿Comprende lo que quiero decir? Creí saber cosas que ella ni siquiera adivinaba. Ahora, si alguien volviera a hacerme la misma pregunta, acerca de mis sueños y lo demás, se lo diría.
-¿Qué le diría?
Suspira y se echa hacia atrás. Deja que le retenga la mano.
-Le diría: “Los sueños son eso de lo que uno se despierta.” Eso es lo que diría.
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