Algunas noches sientes que al día siguiente todo puede ser perfecto. Todas las mañanas te despiertas sabiendo que el mundo debería haberse acabado mientras dormías.
Había algo en su forma de mirarme que no podía comprender, y el no entender de qué iban sus miradas me tenía delirando. Suponiendo universos. Es probable que todo haya ocurrido en mi cabeza. Todo ocurre en mi interior. Afuera no existe, afuera puede desaparecer en cualquier momento. No es seguro apostar por la realidad. La realidad es pura, es cierto, pero somos retazos. Existimos, ocupamos lugar, pero dónde, cuándo, cómo… por qué.
La vida es una serie de despedidas, inútiles intentos, mentiras piadosas y versiones de la verdad. Estoy dentro de la casa, la gente pasea alrededor, me habla de vez en cuando, desiste al chocar contra la muralla de mi desinterés, de mi absoluto estupor, conversan entre ellos, se ríen, derraman alcohol –alcohol proveniente de la misma botella del que está en mi vaso- en la alfombra –alfombra sobre la que mis zapatillas reposan- y bailan la misma música que yo puedo oír, incluso me sé la letra de algunas de las canciones que gritan los invitados. Yo también estoy invitada, pero no me siento bienvenida. Quizás sea mi cabeza, esta cabeza que suele jugarme sucio. Se sabe algunos trucos que aún no logro dominar. Hay unos perros dando vueltas. Todo lo que ocurre le ocurre al resto, no estoy dispuesta a salir herida otra vez. Cada vez. No tengo miedo, actúo con sensatez. Estoy dentro de la casa, pero estoy fuera de la vida.
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